Crónica: Caminando entre la Historia Colombiana


“Percibo un olor fétido frente a unos seres sin dientes. Sus pelos cubiertos de una sustancia verdosa semejan la asquerosidad del moco”.

Camino entre los muros agrestes de una vieja edificación bogotana, los ventanales cubiertos de oscuras rejas, evidencian el siniestro pasado de este lugar, evocan en la memoria los gritos y penurias de sus moradores en el siglo XIX. Han transcurrido varios años desde que los grilletes, cadalsos y verjas hicieron parte de estas salas, las puertas perdieron su función de confinamiento, sus moradores yacen inertes en el piso y las paredes, sólo queda en el recuerdo, los instantes desoladores de lo que fue este museo, una vez, hace muchos años, el presidiario de Bogotá.

Me detengo, percibo un olor fétido frente a algunos seres sin dientes. Sus pelos cubiertos de una sustancia verdosa, semejan la asquerosidad del moco.

Están acurrucados en fetales posiciones dentro de una cámara cubierta por un delgado cristal. La luz se filtra por entre las ventanas y las bombillas dejan ver la realidad del macabro encuentro. Cuatro momias colombianas expuestas en el Museo Nacional, están silentes ante la mirada pretenciosa de los visitantes.

Ellas no se inmutan con el constante señalamiento y repulsión de los niños. En Colombia son pocas las momias que se encuentran bien conservadas. Esta práctica rememora la civilización del Antiguo Egipto, donde grandes faraones fueron sepultados de la misma manera, bajo la creencia de una vida mejor en el más allá. Reyes y reinas yacen en sus sarcófagos dorados, aguardan en su gloria, el regreso a las tierras del Nilo; mis huesudos amigos esperan su retorno a los campos cafeteros de la región Andina.

Salgo de aquel cuarto parecido a una sepultura, de repente, una piedra con incrustaciones metálicas de color negro, permanece quieta en el centro del salón. Su aspecto cósmico me revela que es un meteorito, un objeto espacial, un ser de otros mundos. La dureza de su superficie desata un ligero polvillo estelar y entre mis manos, unas minúsculas partículas de mineral se hacen translúcidas ante la iluminación del día.

Mi imaginación puede recrear todas las galaxias y planetas por los cuales ha debido pasar. En su largo viaje, a través del universo, quizá algún alienígena le haya conocido. Éste es uno de los pocos aerolitos que han caído en nuestro país.

Dos escaleras circulares parecidas a las de los castillos ingleses se entrelazan en el interior. Subo, una serie de cubículos se me presentan. Encuentro que varios objetos de arte colonial conmemoran un homenaje al Libertador. En una base de madera blanca, cubierta por otro delgado cristal, posa la vestimenta del general Francisco de Paula Santander. Ésta, de color rojo cerezo acompañada por una fila de botones brillantes, me suministra una sensación de honorabilidad. Un sombrero emplumado con algo de mugre completa el atuendo militar.

Pienso en las ocasiones en que Santander acudió a las campañas libertadoras. Quizá en las fibras de su traje, aún se hallen las manchas de sangre que brotaron por la acusante espada que blandía. La suciedad del sombrero, tal vez provenga del polvo acrecentado que dejaron los caballos de la Independencia de Colombia, o a lo mejor, del sudor gélido que brotó de la cabeza del general.

Al interior de aquel corredor, encuentro objetos de altísimo valor. Una cama de hace dos siglos, un revólver de alguno de los próceres independentistas y una puerta de arte barroco perteneciente a la entrada de una casa colonial.

Salgo de la estancia, otras escaleras ascienden hacia un tercer piso. En éste, una sala de singular importancia se presenta ante el espectador. En su interior cuelga el retrato de un hombre, Jorge Eliécer Gaitán. Allí, el ambiente se anima con un programa de radio que expone los acontecimientos de aquel fatídico 9 de abril de 1948.

Recuerdo las fotografías que registraron aquel suceso, la sangre en las calles del centro de la ciudad, los miles de muertos en las paupérrimas aulas de velación. Reflexiono en lo efervescente y desmedido que puede ser el odio del hombre. Un líder liberal fue callado para siempre.

Después de mi encuentro con el caudillo, varios cubículos emergen hacia atrás. El lugar, que en otros tiempos fue cárcel de asesinos y ladrones, adoptó el nombre de panóptico porque las salas están organizadas en forma de cruz.

En éstas, varios retratos de mujeres cuelgan de las amarillentas paredes. Las pinturas son de las señoras más representativas de la Bogotá colonial. Las miradas en sus rostros declaran gran tristeza y preocupación, una brillantez casi oculta en sus ojos, demuestra la nostalgia de sus almas y de sus corazones. Son las madres de la patria, aquellas que esperaron en las noches para amantar a sus pequeños, los hombres que construyen la historia del país.

En otra habitación cercana a la de las hermosas damas de los cuadros, se encuentra el vestigio, la prueba, de lo que hace muchos años funcionó en el Museo Nacional. Allí, una reja destrozada y desgastada por el paso del tiempo, me recuerda las prisiones medievales de La Santa Inquisición. Varios grilletes e instrumentos de castigo y tortura, sosiegan el eco de los gritos que ensordecieron alguna vez esta prisión. La habitación me produce miedo, me eriza la piel. Quizá sus paredes estuvieron manchadas de sangre alguna vez.

Bajo al primer piso, empieza a llover, el reloj se detiene en las cinco de la tarde para anunciarme la salida del lugar. La escapatoria como paso hacia la libertad, me transporta del panóptico a la realidad. Me encuentro con las calles de una urbe extraña, que es indiferente al museo. Por la Séptima varios buses frenan y yo, la caminante de la historia, me apresuro a continuar mi labor en la fría y bulliciosa Bogotá.

Autor: Jennifer Arévalo Bernal

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