LIBERTAD DE EXPRESIÓN: CONDENA DE PERIODISTAS
Diez son los años que se cuentan desde que
Jaime Garzón fue asesinado. Él con su indecible humor y su análisis concienzudo
de la política colombiana, marcó para siempre el legado de un sinnúmero de
periodistas que han defendido la libertad de expresión por encima incluso de su
vida. Estos hechos son ejemplo de cómo
en Colombia sí se puede acallar las ideas de la Nación. La muerte de cientos de comunicadores,
incluida la de Garzón, reflejan la impunidad y negligencia de un Estado que
pretende imponer un único sistema ideológico eliminando a quienes piensan
diferente.
Con la Constitución de 1991, se estableció
en el artículo 20 la libertad de difundir las ideas y opiniones sin temor a la
censura. Sin embargo, a pesar de que la ley es explícita en la protección de
este derecho fundamental y que Colombia ha ratificado pactos internacionales
como la Declaración de Chapultepec y la Declaración de Principios sobre la
Libertad de Expresión; son más de cien los periodistas que según la Sociedad
Interamericana de Prensa (SIP) han sido asesinados en los últimos 13 años. Comunicadores como Hollman Morris, son
señalados públicamente y desprestigiados por expresar ideas divergentes a las
del gobierno. A pesar de que en el
mandato de Álvaro Uribe Vélez han disminuido los asesinatos, los comunicadores
que difunden las ejecuciones extrajudiciales o los vínculos con la llamada
parapolítica, son blanco de desprestigio e interceptaciones ilegales por parte
del Estado.
El último informe de Reporteros sin
Fronteras sobre la libertad de prensa, sitúa a Colombia en el puesto 126 de 175
que tiene la lista, señal alarmante para
un país que debe defender a sus periodistas con el fin de garantizar un
adecuado manejo de la opinión en la democracia colombiana. Y es que la labor de
los comunicadores sociales debe ir encaminada precisamente a la denuncia de los
delitos y crímenes que cometa el Estado o cualquier grupo delictivo en el país.
No puede pretenderse que existan periodistas a favor de las ideologías
políticas, cuando la profesión exige imparcialidad y neutralidad para responder
a todas las ideas u opiniones de la sociedad.
De qué sirve que a muchos periodistas se
les garantice protección, si son los mismos escoltas del gobierno los que
vigilan e interrumpen la labor periodística que pretende denunciar los delitos
del Estado. A pesar que en el país
quedaron atrás las pescas milagrosas, los
territorios impregnados de guerrilla y las masacres de los grupos de
autodefensa, es claro que muchas de las políticas que ha usado el gobierno para
combatir el terrorismo están llenas de corrupción y sangre. Antes cuando la
excusa del paramilitarismo respondía a las masacres de campesinos inocentes, no
había un señalamiento de los asesinatos cometidos por las Fuerzas Militares,
pero al desmovilizarse los frentes de Autodefensa han salido a la luz los
crímenes que el Ejército ha perpetrado incluso con jóvenes que nunca pertenecieron
a algún bando insurgente. La denuncia de estos hechos ha significado para los
periodistas la amenaza contra su vida o el desprestigio público.
No sólo el gobierno atenta contra la labor
periodística, también la guerrilla ataca a los comunicadores sociales que
luchan porque los miles de secuestrados encuentren por fin su libertad. Es el
caso de Herbin Hoyos que en el último mes tuvo que exiliarse huyendo de
amenazas contra su vida. El artículo 73
de la Carta Magna garantiza la protección de la profesión periodística con el
fin de ejercer su libertad e independencia profesional; sin embargo, es el
mismo Estado el que ante la intimidación de los periodistas ahonda en epítetos que
desprestigian esta labor. Si la SIP indica que la tasa promedia son 4
periodistas asesinados por año a causa de su oficio, entonces ¿qué sentido
puede tener la labor periodística?, ¿denunciar para morir?
Quizá la apuesta para los comunicadores de
hoy, está en crear nuevas narrativas que evidencien los crímenes de Estado y
guerrillas; puede que muchos periodistas sigan siendo asesinados y
desprestigiados, pero es de cada quien la elección de contar o negar la verdad.
Deben existir mayores garantías para el
ejercicio de la profesión y aislar el interés económico que promueven los
monopolios de comunicación. Si no
hay nuevos lenguajes, será más difícil
evidenciar la realidad de la sociedad colombiana y seguirán quedando impunes la
eliminación de aquellas voces que en nombre de la verdad quisieron construir un
mejo país.
Mientras el gobierno no cierre canales de
televisión y emisoras radiales como en Venezuela, la labor periodística está
aún a tiempo de reivindicar la verdad de los hechos. El Congreso debe expedir
mayores garantías para que los comunicadores sociales puedan expresarse en
contra del gobierno. Esta oportunidad sólo será posible cuando en el país se le
otorgue a la oposición la voz que ha sido acallada tantas veces como con el
genocidio de la Unión Patriótica. Jaime Garzón demostró que para ser libre en
Colombia hay que morir, pero los periodistas se matan a sí mismos cuando
autocensuran su voz.
Autor: Jennifer Arévalo Bernal

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