EXPERIENCIA CON MI FUENTE. MALOKA
Maloka. Una aventura del conocimiento
El estudiante de periodismo se desarrolla en el margen de la aventura y el querer ver. Así sucede muchas veces cuando en medio de las conflictividades sociales él se encuentra ahí. En la gran masa de culturas que conforman la sociedad, el periodista es un detective, en su interior se mezclan los deseos de ser partícipe de la historia que se desarrolla en el mundo.
Cuando decidí ser periodista, tuve la firme convicción de que sin importar las circunstancias que tuviera que afrontar, llevaría este propósito hasta su fin. Hace pocos meses inicié este plan académico y día tras día mi convicción se hace más fuerte. He aprendido muchas cosas y ante todo, me he dado cuenta de la importancia del reto que estoy asumiendo.
Hace pocos días mi profesor de Taller de Prensa me encomendó la tarea de ir por primera vez a una fuente. Con anticipación y debido a un gusto personal decidí que esa fuente sería Maloka. Ese día pensé (como pienso cada vez que me toca salir corriendo de la universidad) que esta labor que estoy realizando es exigente y definitivamente de estar en el lugar de los hechos, la calle.
Adiviné cuál era el bus que me tocaba coger y me subí. Cuando llegué a Maloka, me atravesó un sentimiento de incertidumbre. Cuando se vive en una ciudad tan grande, donde se conoce muy poca gente y siendo mujer se está expuesto a peligros de todo tipo y al mal humor de la gente, es normal este tipo de sentimiento, uno siempre cree que se va a encontrar con un “ogro”. Sin embargo, al llegar a Maloka la primera persona que encontré fue un celador y este señor amablemente me enseñó qué dirección debía tomar para encontrar la administración de la entidad.
Debo precisar, que ese día asistía por primera vez a una fuente, pero también asistía por primera vez a Maloka. Como ser humano estoy acostumbrada a que me atemorice lo desconocido. Cuando entré a Maloka me impresionó la estructura del edificio, por supuesto una gran obra de ingeniería. Me pareció curioso que fuera subterráneo y que los ascensores fueran totalmente de cristal. Al llegar a la administración me encontré con la recepcionista, “muy joven”, fue lo primero que pensé. Sin embargo, su jovialidad me dio más confianza para preguntarle sobre quién me podría dar información acerca de lo que sucedía en Maloka ese día y sobre los nuevos proyectos que se estuvieran procurando.
La señorita muy cordial me preguntó de dónde provenía y como acostumbramos a decir mis compañeros y yo: “Mucho gusto, mi nombre es Jennifer Arévalo Bernal y soy estudiante de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Externado de Colombia”. Uno cree que esa frase va a surgir en la persona algún efecto, pero no todas las veces es así. Después de esa pequeña presentación no me quedó más opción que tener paciencia y no mirar el reloj, porque generalmente me parece que saber la hora lo puede estresar a uno. La recepcionista me dijo que iba a averiguar si se encontraba la persona encargada del Departamento de Comunicaciones y entró a un salón de oficinas lleno de pequeños cubículos.
Me senté, a mi alrededor habían dos señoras que estaban esperando quizá hacía mucho tiempo, yo las miré y me hicieron una sonrisa cordial, ese detalle me relajó un poco. En ese momento, algo me pareció extraño, noté que de las personas que estaban allí, más o menos cinco, todas estaban tomando Red Bull, bebida energética. Y pensé, “diez de la mañana ¿y ya tomando Red Bull?, eso sí es querer ganarse una enfermedad”. Hace un par de meses escuché un informe sobre lo dañinas que son este tipo de bebidas para el organismo, inclusive pueden producir un paro cardio-respiratorio si se consumen y no se liberan las energías que éstas proveen, es decir, bailar.
Cuando llegó la señorita me reintegré al asunto, pero me desalenté cuando me dijo que la persona encargada de comunicaciones no me podía atender pues se encontraba en una junta. Yo me quedé pensando y le pregunté si podría regalarme el correo electrónico de la señora y ella me dijo que sí. Ese fue mi alivio. Pero me sorprendió cuando la señorita tomó un papel y me escribió el nombre de la señora, el teléfono y el e-mail. Me dije: “Ojalá todas las personas fueran así”.
Me acordé que necesitaba algo que comprobara que había estado en aquel lugar y le pregunté a la señorita si podía conseguir algún folleto o revista. Ella me enseñó el punto de información y con un sentimiento de alegría interior, le agradecí. Cuando volteé para bajar al primer piso, escuché que una de las personas que estaban allí decía que por qué no le daban un Red Bull y la señorita le contestó que la muestra gratis sólo había sido de unas cuantas latas. Ahí se solucionó el enigma.
Cuando recibí el folleto de información de Maloka miré el reloj y me di cuenta que estaba tarde. Me apresuré a adivinar de nuevo qué bus coger y me subí a uno. Al sentarme me sentí bien, y experimenté esa sensación extraña de cuando uno hace algo que necesita, la sensación del deber cumplido.
Por lo demás llegué media hora tarde, pero analicé que la fuente que escogí es muy buena y con el contacto aún en mi mano, me dispuse a continuar con mi clase de Taller de Prensa.
Autor: Jennifer Arévalo Bernal

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