LAS COSAS DE LA VIDA
“Por la carretera pasaba un convoy de las FARC y estos al darse cuenta que les estaban disparando, atacaron a Rodolfo pero no lo asesinaron”.
En un camino de 9 horas que va desde Bogotá hasta el municipio de Caparrapí, Cundinamarca, se encuentra Elvira, una joven de 25 años que regresa al pueblo que la vio crecer. Han pasado varios años desde que por incidencias del destino decidió abandonar su hogar. Ella, con un vacío en la boca del estómago, sabe que se encontrará con aquel oscuro pasado que le produjo tantas desgracias a su vida. Empieza a quedarse dormida y de pronto en este sueño devuelve en su mente los años hasta cuando contaba con 13 de ellos.
Amanecía en las praderas de aquel pueblo como era de costumbre, con frío, el gallo y un agua de panela caliente para comenzar el día. Eran las cuatro y media de la mañana. Elvira tendía su cama para luego salir a ayudar a su mamá a ordeñar la vaca. A ella le gustaba ver como la ubre se constreñía cuando le jalaban las “tetas”. Ese día las cosas parecían normales, la mañana transcurría en medio de las labores de siempre, la niña se apresuraba a la cocina a preparar el almuerzo.
Una pequeña casa era el centro de aquel pedazo de tierra llamado finca. Elvira acudió a ver a su mamá, le dijo: “¿Mami te ayudo a pelar los plátanos o las papas?”, la señora le respondió: “Las papas, pero quiero que vayas al huerto porque ya no quedan más, dile a Rodolfo que te acompañe”. Rodolfo, era el padrastro de la niña que se había hecho cargo de ella y sus cinco hermanos, desde el día, en que sin dar ninguna explicación, el padre de estos se había ido.
Elvira buscó a Rodolfo dentro de la casa y éste le dijo que fuera hacia el huerto que él la alcanzaba. La niña llegó éste y empezó a sacar las papas de la tierra, el padrastro se le acercó y le dijo: “Venga mamita siéntese aquí” y le indicó sus piernas. Elvira le obedeció, a pesar de que era poco el tiempo desde el cual convivía con ese señor, a ella él no le causaba miedo.
“Quizá el hecho de no haberle tenido miedo, fue lo que no me hizo entender”. Rodolfo, acostó la niña en el suelo del jardín y allí en medio de uno matorrales, le dijo: “No sientas miedo bonita, mira que yo no te voy a hacer daño”. Rápidamente cogió el pequeño vestido de color azul y lo rasgó por la mitad con la punta del “machete”. La niña dio un agudo grito, él le tapó la boca, “no grites muñeca, si lo haces, te corto la cabeza con este machete”. Elvira obedeció.
Tras quitarle la ropa, su boca aún impregnada de “guarapo” empezó a besarle el cuello, los senos. Al llegar al minúsculo ombligo, cogió unos interiores de color blanco y se los quitó. El hombre desabrochó de sí la correa que ajustaba su mugriento pantalón, en pocos segundos lo bajó hasta las rodillas. Elvira sintió miedo por primera vez, un escalofrío le recorría la espalda, sus ojos se quedaron estáticos por no comprender lo que estaba viendo. Rodolfo con su miembro erecto, en un acto demencial, la penetró.
“Yo sentí como si tuviera un palo dentro del estómago, el dolor me hizo gritar como nunca, me acuerdo que era tan fuerte que no podía evitar llorar”.
El pedófilo, no satisfecho con su acto, siguió penetrando a la niña una y otra vez, Elvira perdió la conciencia. “Yo recuerdo que estaba dentro del huerto cuando desperté, me dolían mucho la vagina, las piernas, todo. Corrí hacia el patio de mi casa por la parte de atrás y ahí cogí ropa de las cuerdas. Me la puse”. La niña volvió al huerto con paso lento y cansado, sacó las papas y volvió a la cocina. La mamá la regañó.
“Yo no entendía lo que me había hecho ese señor, yo pensaba que eso no estaba bien, pero me daba miedo contárselo a mi mamá porque sabía que ella no me creería”.Los días pasaron y Elvira no dijo nada, prefirió callar y continuar olvidando lo sucedido. Una tarde, ella buscaba en el establo las cuerdas de amarrar la vaca, Rodolfo llegó allí. “Ese día ese tipo me cogió y me volvió a violar, me arrastró entre el bagazo y me lastimó mucho, esa vez me metió su pene en la boca, yo sentí mucho asco”. A las pocas semanas ella se empezó a sentir mareada.
Una noche en que Rodolfo había salido para Bogotá, Elvira decidió contarle a la mamá lo que le habían hecho. No le creyó. La señora golpeó a la niña con la hoja del machete, la pequeña se desmayó. Días antes Rosenda, había empezado a sospechar que su hija podía estar embarazada. Al siguiente día le amarró una sábana alrededor del estómago y le preparó unas hierbas para que perdiera el bebé.
Elvira días tras día se sentía más enferma, sus hermanas mayores le preguntaron qué era lo que había sucedido, ella les contó. Aquellas, sabían de la situación por la que había pasado, ya que esa no era la primera vez que Rodolfo abusaba sexualmente de alguna de sus hijastras. Elvira empezó a entender la gravedad de lo sucedido, pensó en abortar.
Una mañana en que habían salido todas a misa, Elvira se lanzó a un acantilado, se golpeó fuertemente la cabeza, un coágulo de sangre negra se le formó. No perdió el bebé. Pasaban los meses y veía cómo poco a poco su estómago iba creciendo, lo amarraba de múltiples formas, lavaba ropa todos los días, apoyaba su vientre contra el lavadero, tomaba hierbas, hasta un veneno y sin embargo, luego de muchas semanas, un bebé prematuro nació.
“Cuando nació la niña yo no la quería ver, yo la odiaba, la detestaba, quería que se muriera.”Elvira, nunca amamantó la niña, la dejaba tirada, la quiso regalar varias veces. Sus hermanas lo impidieron. Una de éstas, Eugenia, se encargó de cuidar a la pequeña, le dio leche y le buscó ropa. Así la niña sobrevivió.
Elvira intentó suicidarse más de una vez, pero nunca lo logró, hoy en día piensa que Dios siempre la protegió.
Al transcurrir 1 año, Rodolfo volvió a violar a Elvira una y otra vez, “a ese tipo se le volvió una costumbre, yo sentía miedo de que me matara, siempre me amenazaba con un machete o con un hacha, a los pocos meses volví a quedar embarazada”.
La joven de 14 años empezó a sumirse en una depresión que la condujo al borde de la locura, un día se enteró que Rosenda recibía dinero que le daba Rodolfo para que permitiera abusar de las hijas. Elvira deseó morir y abortar de nuevo. A los pocos meses, tuvo otra niña.
Dos años pasaron y la adolescente, con 16 años, decidió irse a vivir a Bogotá. Una tarde en que Rosenda había salido para el pueblo, con ayuda de Eugenia preparó todo para irse, cogió a los dos bebés y se subió a un bus que la llevó a la capital.
“Yo sentía miedo de que ella me descubriera y me matara, ella muchas veces me decía que si yo me escapaba o ponía una denuncia me volaba la cabeza de un tiro, yo empecé a dudar que fuera mi mamá”.Al llegar a Bogotá, Elvira se instaló en un cuarto pequeño que pagaba Eugenia, empezó a buscar trabajo. Dos años pasaron y se fue a vivir a una casa en el norte de la ciudad como empleada doméstica de una familia adinerada. Las niñas las dejaba a cargo de Eugenia.
Un día en que Elvira volvía del trabajo a su casa, se encontró con que Rodolfo estaba allí. Se llenó de pánico. El pedófilo la amenazó diciéndole que si no volvía a Caparrapí violaría a las pequeñas niñas también. La joven accedió a todo lo que él le decía.
Elvira volvió a la finca con el dolor de saber que tenía que soportar a Rodolfo. En éstas después de algunos días, él la volvió a violar. Ella quedó nuevamente embarazada.
“Cuando supe que estaba de nuevo embarazada, quería botar todo a la mierda, sin embargo, conocí a alguien que me devolvió las esperanza, me aferré a él y por primera vez fui valiente”.Con 4 meses de embarazo, Elvira empezó a prepararse de nuevo para huir de la finca. Rodolfo, la dejaba encerrada para que no pudiera escaparse, pero, Antonio, un joven 3 años mayor que ella, ideó la manera para que Elvira se fuera para siempre de ese lugar.
Los jóvenes se enamoraron, al poco tiempo de que Elvira quedó embarazada, por las mañanas, cuando Rodolfo y Rosenda salían hacia el pueblo, Antonio acudía a la finca y desbarataba el candado que ponían en la puerta.
La mañana en que iban a escaparse, Rodolfo los descubrió. Éste cogió una escopeta y les disparó a los jóvenes que habían recorrido varios metros con las dos niñas en sus brazos. Por la carretera pasaba un convoy de las FARC y estos al darse cuenta que les estaban disparando, atacaron a Rodolfo pero no lo asesinaron, llevaron a los prófugos al pueblo, y de allí, Antonio, Elvira y las niñas se fueron a Bogotá.
“Ese día casi nos morimos del susto, yo llegué muy enferma a la ciudad, vomité durante todo el camino, cuando llegamos a la casa de un amigo de Antonio, empecé a sangrar, casi pierdo el bebé”.Carlos es el bebé que estuvo a punto de perder Elvira, el niño después de muchos años es el consentido de la mamá.
Elvira tuvo una hemorragia debido al susto, pero tras muchos meses de reposo, dio a luz. Esta vez fue un niño. “Antonio, se sintió muy feliz porque fuera un varoncito y desde esa día lo quiso como suyo, yo no quería a ninguno de mis hijos, sin embargo, luego de muchos años entré a un grupo de oración y la vida me cambió”.
Con 25 años, Elvira se estableció junto a su esposo en el municipio de Soacha y tuvo un tercer bebé con el hombre que la había salvado. “Con Antonio conocí qué era el sexo sin dolor, yo nunca había experimentado lo que eran las verdaderas caricias, yo no sabía qué era el amor, cuando nació la última niña, todo volvió a comenzar, la vida se hizo bella”
Elvira con el paso de los años dejó de odiar a sus hijos y se dedicó a trabajar como empleada del servicio en muchas casas diferentes, así ayudó a Antonio a darles a los niños, comida, techo y educación, él nunca despreció a los 3 primeros y con su integración a la Iglesia Cristiana, adoptaron una nueva forma de ver la vida.
Actualmente, los niños son felices con su madre y su padre adoptivo e intentan cada día olvidar el pasado.
El bus para en la estación de Caparrapí, Elvira se apresura a contactar el abogado que le entregará el poder para reclamar un terreno que le dejó su papá recién fallecido. La noche llega pronto y Elvira con Antonio y sus cuatro hijos, regresan pronto a su hogar con la conciencia de saber que son afortunados por las cosas buenas que les dio la vida, sus hijos.
Autor: Jennifer Arévalo Bernal

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