LA MALDICIÓN DE LA BRUJA



Las calles de un viejo pueblo olvidado olían aquella mañana a tierra mojada. Sus habitantes, unos cientos, iniciaban las labores cotidianas de cualquier día, sin embargo, ninguna labor iniciaría sin que entrasen en la pequeña capilla en la que arrodillados aliviarían sus temores de aquellos extraños eventos que en el pueblo transcurrían.  Mariana, una niña de 13 años, miraba a través de las rasgaduras de una cobija las gotas que caían del techo, la madera mojada le recordaba los días en que su padre la llevaba a montar a caballo por los establos de la finca. Salían por la carretera junto a sus 2 hermanas Lucía y Soledad y en las tardes de verano nadaban en un riachuelo en el que el agua cristalina les aliviaba los músculos de las piernas atrofiados por las largas caminatas en el campo. Mariana esbozaba una sonrisa al recordar estos momentos, cuando escuchó de pronto en medio de la oscuridad el canto de un gallo.

Al lado de su cama había una tasa con un poco de agua limpia que había recogido en el lavadero, enjuagó sus manos y pasándolas por su rostro se acordó rápidamente que era día de ordeño, luego se sujetó los zapatos y poniéndose un vestido rosa, se preparó a salir. De repente, al salir del cuarto vio como una sombra se movió junto a ella, su corazón se aceleró rápidamente, pero tras quedarse unos segundos inmóvil junto a la puerta, se dio cuenta que era aquel gato negro que rasguñaba los tejados en la casa. Suspiró. Bajó hacia el primer piso.

La estufa estaba encendida, Mariana entró a la cocina a beber un poco de agua mezclada con panela, el frío era insoportable. Sacó de entre una montaña de baldes uno pequeño y con mucho cuidado cerró la puerta para que nadie la escuchara. Afuera una vaca algo flaca la esperaba, Mariana debía sujetarla con cuidado para que no la golpeara con las patas y tras unos minutos de esfuerzo Mariana empezaba a exprimir de las tetas la leche que serviría para tomar durante 2 días. 

Mariana regresó con el balde lleno hasta el borde, lo puso en la cocina y salió a buscar una muñeca de trapo con la que le gustaba jugar. Sin embargo, cuando se dirigía hacia su cuarto escuchó que alguien estaba en el baño, se dirigió hacia éste y vio como debajo de la puerta salía un charco de sangre que cada vez se hacía más grande. De repente, su padre, un hombre canoso, de manos arrugadas y rostro pasivo salió del baño, miró de reojo a la niña y le señaló que limpiara el piso. Mariana asustada, buscó un trapero en la cocina y lanzando un baldado de agua al piso limpió la sangre que allí se esparcía.

Aquel hombre se dirigió con paso cansado hacia su cuarto y esforzando cada una de sus piernas logró llegar a la cama en la que rápidamente se acostó. Mariana luego de limpiar todo el desastre del baño se dirigió hacia el cuarto de su papá y al llegar a la puerta vio por una ranura que aquella mujer estaba allí. Esa mujer era Martha, ella había llegado a la casa una noche en la que Mariana dormía, su padre aburrido cada día más había decidido buscar una compañera tras largos años de la muerte de su esposa, que sucumbió en el nacimiento de la niña.

Mariana abrió un poco la puerta y vio a una mujer de cabello largo que no se distinguía mucho del trapero con que limpió la sangre, era gorda y malhumorada, siempre la amenazaba con cortarle la lengua si hablaba o le daba quejas al papá. La niña abrió un poco más la puerta y vio como su padre se retorcía de dolor en la cama y de repente vomitaba más sangre que ya no era roja sino de color negro. Mariana miró los ojos de su madrastra y tras unos pocos segundos sintió pánico, Martha abrió un cajón y sacó unas tijeras, Mariana las vio y salió corriendo despavorida sin voltear a mirar ni un segundo atrás.

Cuando cruzaba la carretera vio como se acercaba una camioneta de color negro, iba conducido por un hombre grande de piel morena y ojos negros, al parar se dirigió hacia la niña y le preguntó qué le sucedía a lo que Mariana no respondió, “mi nombre es Rodolfo” le dijo y “¿cuál es el tuyo?”, la niña no respondió, él subió al carro y le dijo que no se quedara por la carretera porque era peligroso, además parecía que iba a empezar a llover. Le dijo: “Yo soy policía del pueblo y ando por aquí vigilando que no haya ningún problema”. Mariana se sintió más tranquila al escuchar eso. El carro encendió de nuevo y empezó su marcha, Rodolfo le preguntó si quería acompañarlo y la niña con la cabeza le dijo que no. Mariana siguió caminando cuando empezaron a caer unas gotas, poco a poco el aguacero se hacía más grande, corrió rápidamente a esconderse debajo de un árbol grande que estaba al lado del riachuelo y de repente cerró los ojos para descansar un poco.

Mariana sintió una pequeña gota de agua en su rostro, abrió los ojos, se había quedado dormía y no sabía cuánto tiempo había pasado desde que salió de su casa. Le sudaron las manos. Empezó a sentir mucha hambre y vio que el sol salía y se ponía sobre ella. Fue entonces cuando decidió regresar a la casa. Cuando llegaba, vio a lo lejos la misma camioneta de color negro parqueada en la entrada de la finca. Agachó la cabeza y sin hacer el menor ruido entró por la parte de atrás de la casa, allí había una canasta detrás de la que se escondió. Oía que su madrastra hablaba con el policía y otros señores que venían de un lugar llamado “morgue”, Mariana no sabía qué era eso. Se acercó al lugar y vio dos señores vestidos con batas blancas que estaban metiendo a su padre en una bolsa negra. La niña empezó a temblar. Al verla, los señores cerraron rápidamente la bolsa y le dijeron: “No temas preciosa, tu padre ha ido con Dios y te estará cuidando desde el cielo”. Mariana sintió morir.

La noche llegó inesperada, Mariana se sintió más sola que nunca, pero más que sola aterrorizada de saber que ahora no contaba con nadie que pudiera protegerla de aquella a quien en el pueblo llamaban “la bruja”. La madrastra de Mariana era conocida por todos los habitantes de aquel pequeño caserío, como “la adivina”,  “la maga”, pero más que conocerla como una vieja conocedora de las artes ocultas, sabían que era un ser despreciable al que en las noches debían ponerle sal en las puertas para que no entrara a las casas a desaparecer los niños.

Al día siguiente  Mariana vio de nuevo el cuerpo de su padre, lo habían llevado a la casa para que lo velaran durante 1 día,  ese día ella no salió de su cama, sentía fría su espalda cada vez que veía a su madrastra. Mariana escuchaba los rezos y conjuros que hacía Martha al féretro, por lo que prefirió salir de allí e ir a tomar agua del riachuelo que aliviaba el tormento de esos días.

Cuando llegó allí metió sus piernas hasta el fondo para sentir en la planta de los pies las pequeñas piedras que le hacían sentir cosquillas, recordaba los días en que su padre y sus hermanas jugaban con ella dentro del agua y secó sus ojos rápidamente, pues su papá le había enseñado que era mejor no llorar. De repente, sintió el ruido de algo, Mariana se asustó pensando que era su madrastra a lo que salió rápidamente del agua,  sin embargo, un joven unos pocos años mayor que ella salió de entre los árboles. “Hola, me llamo Luis”, le dijo. Mariana se asustó más, “no te asustes” replicó. “Tú eres la niña de la que hablan todos en el pueblo, la niña que no habla porque siente miedo de “la bruja”. Mariana no le respondió. “Tranquila, ¿tienes hambre?, por qué no vienes a mi casa y tomas algo de sopa, mi mamá la hace deliciosa” Mariana escuchó el sonido de sus tripas y sin pensarlo prefirió ir con ese joven desconocido, que volver a su casa a encontrarse con “la bruja”.

La casa de Luis era hermosa, tenía un gran jardín lleno de flores de todos los colores, Mariana se emocionó mucho al verlas, allí olía a pan recién salido del horno, un olor que ella no conocía. Luis la invitó a sentarse a la mesa y tras unos segundos Mariana empezó a devorar vertiginosamente la comida que se le había servido. La sopa era tan deliciosa que Mariana sintió por un momento el deseo de repetir, Luis se dio cuenta de eso por lo que le pidió a su mamá que le sirviera más. Mariana sintió su corazón hinchado de felicidad. Luis era un joven bueno, muy trabajador, ayudaba a su mamá en las labores de un molino en el que fabricaban panela para vender en el pueblo. Luis sabía hacer pan y todas las mañanas realizaba unos deliciosos pasteles que vendía en las fincas y en la plaza del pueblo. Hacía años que había visto desde lejos a Mariana, siempre acompañada de su padre, nunca de su madrastra, sin darse cuenta Luis sentía una especie de compasión por la niña, por lo que al sentirla cerca entendió por fin que era una cariño especial el que sentía por ella.  Mariana había terminado dos platos de sopa y se sintió satisfecha, Luis le llevó uno de sus deliciosos postres a lo que Mariana prefirió llevarlo en una canastica. Luis la acompañó hasta cerca de su casa y le preguntó al oído si quería que se volvieran a ver a lo que Mariana sonrojada dijo: “sí”. Luis se asustó nunca la había escuchado decir palabra, pensaba que era muda, por lo que se sintió muy feliz y le dijo que al otro día se encontraran al medio día en el mismo lugar.

Mariana entró a escondidas a la casa, no había nadie, el féretro donde estaba su padre ya no estaba en el mismo lugar, quizá lo habían ido a enterrar. Mariana se comió el postre, entró a su cuarto y se recostó en su cama. Había anochecido cuando abrió los ojos, vio como por la abertura de la puerta se veía una luz encendida. Mariana se levantó y sin hacer el menor ruido, salió de su cuarto. Allí bajo las escaleras y con paso lento se dirigió hacia donde la luz estaba encendida. De repente vio como del piso brotaban algunos rayos, se dio cuenta que debajo del primer piso había otro cuarto. La puerta no se veía porque estaba tapada con un tapete. Sólo había sobre una mesa una lámpara que alumbraba la subida de la escalera. Mariana escuchó que su madrastra hablaba con alguien y sin pensarlo subió rápidamente a su cuarto para esconderse debajo de sus cobijas. 

A la mañana siguiente, Mariana se levantó más temprano que nunca, su madrastra iba a salir al pueblo y ella tenía que ordeñar la vaca y arreglar la cocina. Martha entró en la cocina, miró fríamente a la niña y le dijo: “Anoche te sentí fisgoneando holgazana, voy a ir al pueblo y al volver quiero encontrar la casa hecha un palacio, tu papá está muerto y enterrado, así que olvídate que las cosas van a ser fáciles de ahora en adelante para ti”. “En unas horas va a venir un señor que es policía, lo dejas entrar y lo atiendes como a un rey, ¡no quiero saber que te largues a pasear mugrienta niña!”. Martha salió de allí.

Mariana vio como se alejaba de la casa su madrastra, sintió curiosidad de saber qué había en ese cuarto escondido. Pensó que primero debería arreglar la cocina y el resto de la casa, por lo que se apresuró y rápidamente organizó todo lo que le había dicho Martha. Pasada una hora, Mariana recordó que su madrastra se demoraría como siempre una hora más y pensó si aquel policía del que le había hablado era el mismo que se había encontrado en la carretera. La niña se dirigió hacia el comedor donde estaba el tapete que cubría la entrada a un pequeño sótano.

Quitó el tapete y vio que la puerta tenía un candado pequeño, pensó que las llaves estarían en el cuarto de su madrastra, por lo que subió a éste y las buscó dentro de los cajones de una mesa en la que Martha siempre guardaba todas sus cosas. Allí encontró un manojo de llaves de todos los tamaños y colores. Las tomó y bajó a donde estaba la pequeña puerta. Allí empezó a probar cada una de las llaves en el candado, no era ninguna. De repente, recordó que su madrastra siempre escondía celosamente algo en uno de los tarros de la cocina, fue a ésta y empezó a buscar uno por uno. Buscó en el del azúcar y no había nada, buscó en el de la harina, tampoco. Sin embargo, cuando metió la mano en el de la sal, sintió que en el fondo de éste había algo, lo tomó con la mano y lo sacó, era una llave pequeña.

Mariana abrió el candado y con una lámpara en la mano, bajó unas pequeñas escaleras que daban con el piso del lugar. De repente, Mariana sintió cómo se aceleraba su corazón,  dejó la lámpara sobre una mesa y pudo ver a su alrededor decenas de calaveras que se encontraban colgadas en las paredes del sótano. Había sobre una mesa unos frascos grandes en los que se veían los cuerpecitos desnudos de unos bebés recién nacidos, había en una pared unos extraños símbolos dibujados alrededor de las fotos de su papá y de sus hermanas. Sobre una mesa había unas muñecas hechas de trapo pinchadas con cientos de alfileres. Sobre un lavabo Mariana veía rastros de sangre.

Mariana sentía las piernas paralizadas, tenía miedo de todo lo que veía allí. Sintió unos enormes deseos de gritar, pero no pudo, tomó la lámpara y subió las escaleras que la sacaban de ese horrible lugar. Cerró la puerta, tomó el candando que tenía guardado en su delantal y lo colocó de nuevo, con un pie puso el tapete y corriendo hacia la cocina metió la llave en el mismo tarro en el que la había encontrado. Por un momento, pensó en que era cierto todo lo que decían de su madrastra en el pueblo, salió por la puerta trasera de la casa y empezó a correr. Salió por entre los pastizales y cuando estaba por llegar a la carretera vio que el policía que se había encontrado aquella vez se acercaba.

Mariana se escondió detrás de un árbol, no quería que el policía la viera, pero por otro lado, pensó que de pronto él la podía ayudar. Rodolfo, bajó de su camioneta y vio que alguien se escondía detrás del árbol, tomó su pistola y empezó a moverse lentamente hacia éste. Mariana sentía que le sudaba todo el cuerpo y sin pensarlo salió y se mostró ante el policía. Él descansó, guardó el arma y le dijo: “Hola muñeca, pero si eres tú, ¿por qué no estás en tu casa?, ¡vamos yo te acompaño!”.

Mariana pensó que era mejor decirle al policía lo que había visto, pero no podía, sentía tanto miedo que la lengua se le había entumecido. Rodolfo la tomó de la mano y le dijo: “Entremos a la casa”,  Mariana lo siguió. El policía abrió la puerta y notó  que Martha no se encontraba allí, por lo que le dijo a la niña: “Por qué no subes y te acuestas en tu cama a descansar, te siento un poco fatigada”. Mariana decidió hacerle caso y subió a su cuarto. Se metió debajo de las cobijas, cuando escuchó que alguien abría la puerta, Mariana se asustó pensando que era su madrastra y prefirió no sacar la cabeza de entre las cobijas. De repente escuchó: “Hola preciosa, tu madrastra no llega todavía, qué te parece si nos entretenemos un poco”. Mariana no entendía por qué le decía eso, cuando sintió que una mano empezaba a tocar sus piernas lentamente, tuvo miedo. Rodolfo empezó a subir su mano y a tocar cada vez más las piernas de la niña. Mariana no podía hablar. El policía empezó a desvestirse vertiginosamente. Mariana quiso correr pero Rodolfo la tomó por los brazos y la sujetó a la cama con su cinturón. Sobre ella Rodolfo empezó a desvestirla, pasaba su lengua sobre sus piernas, sus pechos, su sexo. Mariana desesperada quería gritar pero no podía, sus piernas temblaban y forcejeaba con toda su fuerza para poder soltarse. De repente, Mariana sintió un dolor agudo que le atravesó todo su cuerpo y tras sentir algo extraño dentro de sí, gimió de dolor, se desmayó.

Pocas horas después, Mariana abrió los ojos, sentía su cuerpo partido en dos. No podía moverse. Estando aún desnuda sus piernas estaban moradas del frío, intentó levantarse y vio que las sábanas estaban manchadas de sangre. Se asustó. Al levantarse vio que la sangre no era de nadie más sino de ella y allí comprendió lo que una vez una de sus hermanas le había dicho, “si algún día sientes que orinaste sangre, es porque ya eres mujer, sin embargo, si es un hombre el que te hace salir sangre, siente miedo porque él habrá destruido tu vida”.

Mariana aterrorizada quiso vestirse recordó que había quedado con Luis de versen ese día, pero ya era tarde. Intentó bajar con cuidado, pero el dolor que sentía era muy grande, escuchó que alguien estaba en la cocina y sintió mucho miedo. Mariana se devolvió a su cuarto, pensó que sería mejor intentar escaparse en la noche. Sin embargo, no sabía en quién confiar, por lo que decidió salir por la ventana de la sala y meterse al granero. Allí se escondió detrás de la paja y esperó a que no se escuchara nada.  Tras media hora, Mariana tomó la decisión de salir de allí y corrió con las pocas fuerzas que tenía hacia los prados de la finca. Por allí salió hacia la carretera y sin que nadie la viera se dirigió apresuradamente hacia la casa de la única persona con quien podía contar en el mundo, Luis. Mariana llegó casi sin fuerzas a la puerta del molino allí vio como a lo lejos se encontraba la mamá de Luis, ella la alcanzó a ver antes de que Mariana se volviera a desmayar.

Al despertar, el primer rostro que vio fue el de Luis, sintió un gran alivio en su corazón cuando escuchó su voz. La madre de Luis le pidió que las dejara solas y le preguntó a Mariana qué le había sucedido pues ya se había dado cuenta que tenía las piernas y el vestido manchados con sangre. Mariana tartamudeaba y con lágrimas en los ojos le contó a la madre de Luis paso a paso lo que le había hecho el policía. Luis escuchó todo tras de la puerta y de rabia sintió ganas de llorar. Sin embargo, su madre, le pidió que se tranquilizara y que más bien fueran a la Central de Policía del pueblo a entablar una denuncia.

Mariana y Luis se subieron a una camioneta y tras conducir a 100 kilómetros por hora, llegaron por fin al pueblo. Allí Luis llevó a Mariana a la estación de policía y la hizo revisar por una de las doctoras del lugar. Ella dictaminó que Mariana había sido violada. Luis quiso entablar una denuncia, sin embargo, allí se encontraban los amigos de Rodolfo quienes no iban a permitir que lo inculparan por lo que Luis y Mariana tuvieron que salir de allí. Luis, lleno de ira, llamó a todos los amigos que tenía en el pueblo y a los obreros del molino que era el más grande de la región y con piedras y machetes empezaron a golpear a cada uno de los policías que se encontraban en el lugar. Los policías atemorizados por la turba enardecida, decidieron entablar el denuncio, pero Luis pensó que si denunciaban a Rodolfo, “la bruja” seguramente les haría algo. Decidieron calmarse, a lo que Rodolfo pidió a los que lo seguían que elaboraran un plan estratégico para asesinar a Martha y su amante.

Mariana  respondía a todas las preguntas que le hacían Luis y las demás personas que nunca antes habían hablado con ella. Les contaba todo lo que había visto en el sótano de su casa, por lo que todos los líderes del pueblo decidieron que debían exterminar a “la bruja” y su amante definitivamente. Una noche cuando Martha y Rodolfo se encontraban durmiendo en la casa, los amigos de Luis la rociaron con  gasolina y agua bendita y le prendieron fuego. Allí se escucharon los gritos de los dos ocupantes que no podían salir porque Luis había asegurado cada una de las puertas. La casa se chamuscó enseguida y Mariana junto a Luis y todo el pueblo, vieron como figuras de color negro salían de las llamaradas y como se escuchaban dentro de la casa gemidos de personas que alguna vez habían estado en el pueblo y que habían desaparecido sin ninguna explicación.

Días después todo se calmó, el pueblo que había sido en una época blanco de todos los trabajos de “la bruja” pudo por fin realizar sus primeras fiestas patronales y haciendo un homenaje a la virgen, todos festejaron la desaparición de estas dos personas. Mariana se fue a vivir a la casa de Luis y días después de casaron. Sin embargo, una noche Mariana despertó con un dolor agudo en el estómago y tras ir al siguiente día al médico, descubrió que llevaba en su vientre un ser producto de aquel día de la violación, Mariana sintió morir y tras varios días de contracciones y sangrados, murió tendida en su cama al lado de Luis, quien lamentó para siempre la partida de los dos.

Autor: Jennifer Arévalo Bernal

Comentarios