La Morada de los Olvidados
“Muchas de estas personas han sido olvidadas por sus familiares, hay pacientes que en años no los han venido a visitar, vienen, los dejan y nunca regresan”.
Javier encendió la radio, Darío Arizmendi mantenía informados a los ocupantes del vehículo que escuchaban atentamente el progreso de las elecciones. Era un domingo por la mañana y se avecinaba un fuerte aguacero. El joven preparaba el auto para salir desde el centro hasta el sur de Bogotá, el destino, el municipio de Sibaté.
Días antes, Javier había escuchado de un hospital siquiátrico que se encuentra en este pueblo, allí se atienden toda clase de personas que sufren enfermedades mentales. A las 12 del día, el carro atravesaba las calles de Soacha y salía de la ciudad.
En la parte de atrás, tres mujeres debatían si el próximo alcalde de Bogotá debía ser Samuel Moreno o Enrique Peñalosa. Un bebé de seis meses, acostado en el regazo de una de ellas, bebía la leche que salía de un pezón rosado y en medio de esta situación, me encontré yo.
Hacia la 1 de la tarde habíamos llegado a una plaza pequeña, en la que una gran cantidad de personas discutían sobre el candidato por el cual habían votado. Allí podía verse varias tiendas de ropa, cigarrerías, restaurantes y uno que otro mini mercado. Los sibateños siempre están orgullosos del río Muña, sus monolitos y su arte rupestre. En este pueblo, hasta hace muchos años, circulaba el tren que recorría los caminos de Bogotá y los municipios aledaños, aún hoy se pueden apreciar los restos de las vías férreas que funcionaban para este medio de transporte.
Una represa sobre el río Muña fue el pretexto para que en 1940 se suspendiera el funcionamiento del servicio ferroviario. Los rieles tuvieron que ser retirados debido a una depresión entre Chusacá, municipio vecino y Sibaté. Ésta sería la “Primera Represa de la Sabana” y traería energía eléctrica para el pueblo sibateño.
Cerca a un mini mercado, varios niños jugaban y tiraban de las faldas de sus madres con el pretexto de hambre o cansancio. Una de ellas nos señaló dónde encontraríamos el manicomio de Sibaté, nos dijo: “Sigan por la calle que tiene la pancarta del Partido Liberal, al final de ésta encontrarán el manicomio”.
Javier dirigió el carro por donde nos habían señalado, tras recorrer medio kilómetro desde la plaza principal, llegamos a una edificación corroída por los años. La fachada era de color blanco, las paredes mostraban grietas con surcos pequeños debido a la desgastada pintura, había una puerta de color verde que tenía una minúscula rejilla abierta.
Luego de bajarme del auto, me dirigí a ésta y a través de ella vi un celador, le pregunté: “¿Puedo pasar a hacer una visita a los enfermos?”, a lo que él me respondió: “¿Trae algo?, ¿comida por ejemplo?”. Yo le dije: “No”, su rostro parecía no estar de acuerdo con mi respuesta, por lo que apresuradamente le dije: “Voy a ir a comprar algunas cosas y luego regreso, pero, ¿podemos entrar el carro?”, él me contestó: “De acuerdo, pero no se demoren”.
Volví hacia donde estaba Javier, le dije: “Nos toca devolvernos a comprar galletas y yogurt, el celador no deja entrar tan fácilmente”. El carro encendió rápidamente, al girar en dirección a la plaza principal unas pequeñas gotas empezaron a caer en el parabrisas, en pocos minutos comenzó a llover.
La plaza empezaba a despejarse, las personas huían de la lluvia. Javier y yo entramos a un pequeño mercado, allí compramos 50 bolsas de yogurt y 50 paquetes de galletas. Supuse que serían muchas las personas en el hospital siquiátrico.
Subimos al carro y regresamos al manicomio. Allí, el celador abrió la puerta y encontramos un jardín, un edificio de dos pisos con balcones de estilo colonial y un prado encerrado que semejaba un corral.
Junto al celador se encontraba una joven de piel morena, ella me condujo hacia una oficina en la que me pidió dejar todos mis datos personales y me advirtió que no podía entrar al interior del hospital porque habían pacientes que me podían agredir.
En aquel prado encerrado, dos ancianos con ruanas sucias y ojos desorbitados comenzaron a llamarme, gritaban: “¡Doctora, doctora, venga!”, yo saqué los paquetes de yogurt y se los di a Javier, me quedé con las galletas y las comencé a repartir. Los enfermos, a pesar del frío y la lluvia que había disminuido un poco, empezaron a congregarse tras la reja que dividía su mundo y mi mundo.
Todos se situaron en frente de nosotros y entre las rejillas de aquella cerca oxidada, sacaban sus arrugadas manos pidiendo cualquiera de las golosinas. Una señora que vestía chaqueta rosada, se acercó y me tomó la mano, la sujetó con fuerza, yo la miré a los ojos y le dije: “¡Suéltame, no te voy a hacer daño!”. La señora desdentada y hambrienta, dijo: “Mamá”, yo me quedé mirándola, me impresionó mucho cuando me llamó así. A los pocos segundos me soltó y tras llevarse dos paquetes de galletes y un yogurt, salió gritando. “¡Si ven, si ven, mi mamá está aquí!”.
En sólo unos cuantos minutos se habían reunido tras la reja alrededor de 60 personas, eran ancianos, hombres y mujeres de mediana edad, todos gritaban, me llaman de múltiples formas, en algunos casos se empujaban y hasta uno de los señores me pidió una caja cigarrillos, yo no se los di.
En el Hospital Neurosiquiátrico Julio Manrique, se tratan a todo tipo de pacientes, las enfermedades varían entre desesperaciones o locuras propias, delirios crónicos, locuras impulsivas, locuras tóxicas como el alcoholismo, neurosis, epilepsia, afecciones cerebrales y estados congenitales como el idiotismo.
El hospital empezó a funcionar en el año 1870 bajo el nombre de “Primer Asilo de Locos de la Beneficencia de Cundinamarca”, en la presidencia de Manuel Murillo Toro. Este manicomio buscó acoger a todos los indigentes y personas con afecciones mentales que permanecían abandonados en las calles de Bogotá. En primera instancia, el asilo fue administrado por órdenes religiosas que controlaban a los enfermos con morfina y choques eléctricos. Tras un siglo y gracias a los avances de la medicina, se logró encontrar los medios para curar las enfermedades de los pacientes sin necesidad de violencia física.
Uno de los doctores del hospital se acercó y me dijo: “Muchas de estas personas han sido olvidadas por sus familiares, hay pacientes que en años no los han venido a visitar, vienen, los dejan y nunca regresan”. El doctor, muy joven por cierto, parecía desconcertado por ello, luego de que me hubiera hablado le pregunté: “¿Qué tipo de pacientes se encuentran aquí?”, el me respondió: “Hay pacientes de todos los tipos, personas que han asesinado, personas que sienten miedo, que no tienen nada, que han sido abandonados a su locura, a su desdicha. Hay gente que juega con sus excrementos, que come cal de las paredes, que grita en las noches, ellos están en otro mundo donde no hay reglas”.
Y dirigiendo la mirada hacia los enfermos, comentó: “¿Ve a esa señora de cabello corto?, ella por ejemplo padece de Alzheimer. La enfermedad se desarrolló cuando cumplió los 55 años, ahora tiene 60. Desde entonces, el Alzheimer avanzó vertiginosamente, ella empezó a perder la coordinación de su movimiento y de su conciencia meses después de que se descubrió la enfermedad, perdió la memoria, la coordinación del lenguaje y a veces tiene trastornos de tipo bipolar. Desde hace 4 años se encuentra en este hospital, los familiares venían a menudo en el primer año, ahora ya casi no se ven por aquí. La señora fue traída debido a que sus parientes no tenían el tiempo suficiente para cuidarla y porque a medida que pasó el tiempo no los reconoció mas”.
La lluvia había empezado a disminuir, los pacientes que se encontraban detrás de la reja seguían pidiéndome yogurt y galletas, no quedaba nada mas, sin darme cuenta muchas personas no recibieron ninguna de las golosinas. Me sentí mal. Un señor de camisa amarilla me miró fijamente, sus ojos expresaban una ternura indescriptible, era muy joven, quizá de 35 años. Yo le pregunté: ¿Cómo estás?”, él me dijo: “Bien, muy bien”. Cogí todas las bolsas que habían caído al suelo y me dirigí hacia el auto, no había llegado a éste cuando el señor gritó: “¡Señorita, regrese por favor!”, yo me devolví y le dije: “Dígame”, él me contestó: “Usted tiene una cara bonita mi niña, no se olvide de nosotros, mire que Dios me ha hablado y me ha dicho que usted nos salvará”. Yo no sabía qué decirle, sólo me alejé y volví hacia el auto, desde allí le volteé a mirar y le dije: “Yo volveré”, él me sonrió y luego levantó su mano haciendo la señal de la cruz.
Subimos al carro, Javier se despidió del celador que nos abrió la puerta y yo, con una sensación de estremecimiento interior, me prometí volver allí, al mundo de los que aún siendo viejos son niños, al mundo de los que lo han perdido todo, al mundo de los olvidados.
Autor: Jennifer Arévalo Bernal
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